¿Cómo sabía un coche de 1970 cuándo llovía? El secreto estaba en el limpiaparabrisas

26 octubre, 2026

Hoy, basta que empiece a llover para que muchos automóviles activen automáticamente los limpiaparabrisas. Los sensores detectan la presencia de agua en el parabrisas y ajustan la velocidad de las escobillas sin intervención del conductor. Pero hace más de medio siglo ya existía un coche capaz de hacer algo semejante, recurriendo a una solución sorprendentemente simple: en lugar de observar la lluvia, analizaba el esfuerzo necesario para mover las escobillas.

El sistema fue utilizado en el Citroën SM, presentado en 1970, y representa uno de los episodios más curiosos de la evolución de un equipo que todos los conductores conocen.

Según ‘El Economista’, la tecnología aprovechaba las variaciones en el consumo eléctrico del motor de los limpiaparabrisas para percibir si el vidrio estaba seco o mojado. Una idea ingeniosa, en una época en que los sensores ópticos actuales aún estaban lejos de volverse comunes.

Pero la historia de este equipo comenzó mucho antes.

Los primeros limpiaparabrisas funcionaban a mano

A principios del siglo XX, conducir bajo la lluvia podía ser una tarea particularmente complicada. Muchos de los primeros automóviles no tenían ningún sistema eficaz para retirar el agua del parabrisas, obligando a los conductores a lidiar con una visibilidad reducida.

En 1903, la inventora Mary Anderson patentó en Estados Unidos un dispositivo que permitía limpiar el vidrio desde el interior del vehículo.

El mecanismo utilizaba una palanca conectada a una escobilla. Cada vez que la lluvia dificultaba la visión, el conductor tenía que mover manualmente el sistema para apartar el agua.

Era una solución simple, pero representó un avance importante para la seguridad.

Otros inventores desarrollaron mecanismos semejantes y, en 1917, la empresa Tri-Continental ayudó a popularizar una escobilla de goma compuesta por dos piezas.

El problema seguía siendo el mismo: limpiar el vidrio exigía la intervención del conductor, precisamente cuando este necesitaba mantener toda la atención en la carretera.

Una invención de 1926 cambió todo

A gran transformación llegó en 1926, cuando Bosch presentó un limpiaparabrisas eléctrico.

En lugar de depender de una palanca accionada manualmente, el sistema utilizaba un pequeño motor para mover las escobillas.

El conductor dejó de necesitar repetir constantemente el mismo gesto y pasó a poder concentrarse en la conducción.

En las décadas siguientes, los limpiaparabrisas se volvieron más eficientes y comenzaron a incorporar diferentes velocidades y modos de funcionamiento.

Pero una de las soluciones más interesantes surgiría en un automóvil francés.

El Citroën que podía percibir cuándo llovía

En 1970, el Citroën SM presentó un sistema capaz de adaptar el funcionamiento de los limpiaparabrisas a las condiciones del vidrio.

El principio era ingenioso: cuando el parabrisas estaba seco, las escobillas encontraban mayor resistencia al movimiento, obligando al motor eléctrico a realizar más esfuerzo.

Cuando empezaba a llover, el agua reducía la fricción entre la goma y el vidrio. Este cambio modificaba la carga del motor.

Al seguir esas variaciones, el sistema podía ajustar automáticamente la frecuencia de funcionamiento de las escobillas.

No necesitaba una cámara ni un sensor óptico dedicado a identificar gotas de lluvia. Utilizaba el propio comportamiento mecánico de los limpiaparabrisas para interpretar las condiciones del vidrio.

Era una forma indirecta de detectar la presencia de agua, muy distinta de los sistemas modernos, pero notable para la época.

¿Y cómo funcionan los limpiaparabrisas actuales?

A evolución continuó en las décadas siguientes.

En 1994, Bosch desarrolló escobillas con dos materiales, procurando mejorar la eficacia de la limpieza y aumentar la durabilidad.

En 2001, presentó la Aerotwin, una escobilla plana con diseño aerodinámico que influiría en los sistemas utilizados en muchos automóviles modernos.

Actualmente, los sensores de lluvia más comunes recurren a tecnología óptica, analizando cambios en la forma en que la luz se propaga a través del parabrisas cuando existen gotas de agua en la superficie.

El sistema puede entonces ajustar automáticamente la frecuencia de las escobillas a la intensidad de la precipitación.

A pesar de estas mejoras, el principio fundamental se mantiene cercano a lo que Mary Anderson imaginó hace más de 120 años: una escobilla de goma que se desplaza sobre el vidrio para garantizar que el conductor pueda ver la carretera.

La diferencia es que aquello que comenzó con una palanca manual evolucionó hacia sistemas capaces de reaccionar automáticamente ante la lluvia.

Y el Citroën SM de 1970 continúa siendo un ejemplo curioso de cómo una solución mecánica aparentemente simple podía anticipar funcionalidades que hoy consideramos perfectamente normales.

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Nicolás Herrera

Soy periodista especializado en actualidad automotriz y movilidad. Desde Morelos sigo de cerca las novedades del sector, los nuevos modelos, la tecnología, la Fórmula 1 y los temas que afectan cada día a quienes viven la carretera.