El robo de cobre, tradicionalmente asociado a las líneas ferroviarias y a las redes eléctricas, ha encontrado un nuevo objetivo en Europa: las estaciones de carga de vehículos eléctricos. Los cables están siendo cortados para extraer el metal, dejando los equipos inutilizados y provocando pérdidas que pueden alcanzar los 20.000 euros por incidente.
Según El Economista, el fenómeno se está extendiendo por varios países europeos y ya ha llevado a los operadores a reforzar los cargadores con cables blindados, sensores, alarmas, GPS y hasta sistemas de marcado forense.
El paradojo radica en el valor del propio cobre: lo que los ladrones consiguen obtener con la venta del metal representa solo una fracción de los daños que dejan atrás.
Un cable robado puede provocar pérdidas de 20.000 euros
La Asociación Empresarial para el Desarrollo y la Promoción de la Movilidad Eléctrica (Aedive) estima que las pérdidas, a modo de referencia, oscilan entre cinco mil y ocho mil euros por robo.
Pero la cuenta puede subir rápidamente. Cuando se incluyen la sustitución de los equipos, las reparaciones, los desplazamientos de equipos técnicos, las verificaciones de seguridad, la pérdida de ingresos y el tiempo durante el cual la estación de carga permanece indisponible, el costo puede superar los 10.000 euros y llegar a los 20.000.
Y también hay impacto para quien conduce un coche eléctrico. “El robo de cobre es un problema real y la mayor víctima es el usuario”, alerta Daniel Pérez, presidente de la Asociación de Operadores de Carga Ultrarrápida y CEO de Zunder.
Un caso ocurrido en Castilla-La Mancha muestra la magnitud del problema. En enero, la Guardia Civil detuvo a un grupo sospechoso de haber robado más de mil metros de cables de cobre de puntos de carga, valorados en más de 54.000 euros. Los sospechosos actuaban durante la noche, desactivaban cámaras y utilizaban amoladoras para llegar al cableado.
Francia ya contabiliza pérdidas de 13 millones de euros
El problema ya atraviesa varios mercados europeos.
En Dinamarca, el robo de apenas 47 cables provocó pérdidas estimadas en alrededor de 157.000 euros, más de 3.300 euros por cable, a pesar de que el cobre retirado vale solo una pequeña fracción de esa cantidad.
En Francia, alrededor de 650 estaciones de carga fueron afectadas por este tipo de ataque, con pérdidas estimadas en 13 millones de euros. En Alemania, operadores como EnBW registraron cientos de robos, mientras redes como Ionity y empresas en Reino Unido también fueron afectadas.
Aún no existe una estadística europea común que permita medir con precisión la dimensión total del fenómeno, pero los operadores consideran que los robos están convirtiéndose en un problema creciente para las redes públicas de carga.
Cables blindados, sensores e incluso marcado forense
La respuesta de la industria pasa ahora por hacer que el robo sea más difícil y menos rentable.
Entre las soluciones están cables blindados y resistentes al corte, recubrimientos protectores, mallas metálicas y estructuras multicapa que obligan a los ladrones a invertir más tiempo, usar más herramientas y hacer más ruido.
También existen sistemas de cables retráctiles, que los protegen cuando no están en uso, y sensores capaces de detectar una tentativa de corte o manipulación en tiempo real y enviar de inmediato una alerta al operador.
Cámaras, alarmas, GPS, cables de aluminio, cerraduras reforzadas y cajas eléctricas selladas completan el arsenal. Algunas empresas también están recurriendo al marcado forense, que permite identificar el origen del cable incluso después del robo y dificulta su venta.
Sin embargo, no existe una solución capaz de eliminar el problema. La estrategia pasa por combinar varias barreras: dificultar el corte, detectar rápidamente el ataque, alertar al operador y hacer que el cobre robado sea más difícil de vender.
Para el conductor, la consecuencia es más simple: llegar a la estación de carga para poder recargar el coche y descubrir que alguien ha cortado el cable para llevarse el cobre.